viernes, 1 de mayo de 2020
Memorias rojiblancas: El caso Hierro
Memorias rojiblancas: El caso Hierro – Diario UDA: 23/04/2020 Aarón Martínez La temporada 1975/76 comenzaba en Almería con una ilusión, el ascenso a Segunda División. La Agrupación Deportiva había nacido en 1971 con el objetivo de subir a la máxima…
jueves, 30 de abril de 2020
La primera ciudad de la Península Ibérica se estableció hace 5.000 años en Almería
Investigadores de Granada demuestran que la primera ciudad de la Península Ibérica se estableció hace 5.000 años en Almería

Ilustración del poblado de Los Millares, la primera ciudad de la Península Ibérica . /Iñaki Dieguez
Arqueólogos de la Universidad de Granada revelan que la necrópolis de Los Millares estuvo en uso durante casi un milenio, y que en torno a ella se estableció un poblado
IDEAL Miércoles, 29 abril 2020
Un equipo de arqueólogos de la Universidad de Granada (UGR) ha demostrado que la primera ciudad (gran asentamiento de población) de la Prehistoria de la Península Ibérica se estableció hace más de 5.000 años junto a los monumentos funerarios de Los Millares, uno de los sitios arqueológicos más importantes de Europa Occidental, ubicado en Santa Fe de Modújar (Almería), a escasos kilómetros de la costa mediterránea.
Su trabajo, que publica esta semana la revista Archaeological and Anthropological Sciences, ha revelado que la necrópolis de Los Millares estuvo en uso durante casi un milenio, y que en torno a ella se estableció un poblado que alcanzó unas dimensiones, concentración poblacional y monumentalidad desconocidas hasta el momento en la Península Ibérica: la primera ciudad de la misma.
Como explica el investigador del departamento de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Granada Gonzalo Aranda Jiménez, autor principal del estudio, la cronología es un aspecto clave en el estudio de las sociedades del pasado. «De cómo ordenemos temporalmente los eventos y acontecimientos depende nuestra capacidad de análisis y compresión de las dinámicas sociales y culturales. En Arqueología disponemos de un procedimiento conocido como 'datación por Carbono 14', que permite calcular la fecha de muerte de cualquier organismo vivo en los últimos cincuenta mil años».
En el año 2012, un grupo de investigadores/as de la Universidad de Granada inició un programa de dataciones con el objetivo de estudiar la cronología de las construcciones megalíticas de sur peninsular. Este objetivo les condujo al estudio de Los Millares, uno de los sitios arqueológicos más importantes de Europa Occidental.
El yacimiento de Los Millares puede considerarse como un yacimiento arqueológico único debido a cuatro características principales: su gran tamaño (con aproximadamente diecinueve hectáreas de extensión, de las cuales seis pertenecen al asentamiento y trece a la necrópolis); la riqueza de los ajuares funerarios (que incluyen objetos realizados en materias primas exóticas como el ámbar, la cáscara de huevo de avestruz y el marfil); la complejidad estructural del asentamiento (delimitado por cuatro recintos concéntricos interpretados como murallas y fortificaciones); y la presencia en el entorno del poblado de hasta trece pequeños asentamientos, también denominados «fortines».
A partir de la fecha de muerte de los individuos depositados en el interior de las sepulturas, los científicos de la UGR han conseguido por primera vez una serie de dataciones absolutas que permiten situar cronológicamente la construcción, uso, reutilización y abandono de la necrópolis de Los Millares.
Así, los primeros enterramientos se realizaron entre el 3220−3125 a. C., aproximadamente hace unos 5200 años, y los últimos entre el 2390−2295 a. C., hace unos 4300 años.
«Por tanto, podemos afirmar que la necrópolis de Los Millares estuvo en uso durante casi un milenio. Además, las diferentes tumbas datadas muestra que no todas fueron construidas a la vez y que, además, fueron utilizadas con diferentes intensidades», señala Margarita Sánchez Romero, otra de las autoras del trabajo. Este aspecto es de enorme relevancia, dado que permite separar cronológicamente eventos rituales y funerarios que hasta este momento eran considerados como contemporáneos.
Un lugar con significado simbólico y sagrado
Los Millares fue en inicialmente un lugar sagrado formado por una necrópolis de sepulturas megalíticas. Las primeras evidencias de asentamiento se produjeron con dos siglos de diferencia respecto a la construcción de las primeras sepulturas. La anterioridad en el uso ritual y funerario de Los Millares sugiere que la localización del asentamiento podría haber estado determinada por el significado simbólico y sagrado del sitio. El poblado de Los Millares, su extensión y complejidad constructiva podrían explicarse como resultado de un proceso de concentración de diferentes grupos sociales atraídos por el carácter sagrado y por la especial significación del sitio.
La fundación del poblado de los Millares junto a la necrópolis se realizó en un corto intervalo temporal, de forma que hace unos 5000 años, el poblado alcanzó unas dimensiones, concentración poblacional y monumentalidad desconocidas hasta el momento en la Península Ibérica. Además, se desarrollaron innovaciones de enorme transcendencia cultural como la aparición los primeros objetos realizados en metal como punzones, puñales, escoplos, sierras o puntas de flecha en metal.
Será a mediados del tercer milenio a.C., hace unos 4500 años, cuando nuevos cambios transformaron el sitio de los Millares. Según las dataciones radiocarbónicas, la mayor parte de poblado fue abandonado en estos momentos, y solo el recinto interior también denominado como ciudadela permaneció ocupado.
Es en estos momentos cuando los pequeños asentamientos o «fortines» fueron construidos y habitados. El abandono tanto de la necrópolis, de la ciudadela como de los «fortines» se produciría hace unos 4100 años, coincidiendo con los cambios culturales que dieron origen al desarrollo de la Cultura de El Argar, señalan los autores.
Investigadores de Granada demuestran que la primera ciudad de la Península Ibérica se estableció hace 5.000 años en Almería | Ideal

Ilustración del poblado de Los Millares, la primera ciudad de la Península Ibérica . /Iñaki Dieguez
Arqueólogos de la Universidad de Granada revelan que la necrópolis de Los Millares estuvo en uso durante casi un milenio, y que en torno a ella se estableció un poblado
IDEAL Miércoles, 29 abril 2020
Un equipo de arqueólogos de la Universidad de Granada (UGR) ha demostrado que la primera ciudad (gran asentamiento de población) de la Prehistoria de la Península Ibérica se estableció hace más de 5.000 años junto a los monumentos funerarios de Los Millares, uno de los sitios arqueológicos más importantes de Europa Occidental, ubicado en Santa Fe de Modújar (Almería), a escasos kilómetros de la costa mediterránea.
Su trabajo, que publica esta semana la revista Archaeological and Anthropological Sciences, ha revelado que la necrópolis de Los Millares estuvo en uso durante casi un milenio, y que en torno a ella se estableció un poblado que alcanzó unas dimensiones, concentración poblacional y monumentalidad desconocidas hasta el momento en la Península Ibérica: la primera ciudad de la misma.
Como explica el investigador del departamento de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Granada Gonzalo Aranda Jiménez, autor principal del estudio, la cronología es un aspecto clave en el estudio de las sociedades del pasado. «De cómo ordenemos temporalmente los eventos y acontecimientos depende nuestra capacidad de análisis y compresión de las dinámicas sociales y culturales. En Arqueología disponemos de un procedimiento conocido como 'datación por Carbono 14', que permite calcular la fecha de muerte de cualquier organismo vivo en los últimos cincuenta mil años».
En el año 2012, un grupo de investigadores/as de la Universidad de Granada inició un programa de dataciones con el objetivo de estudiar la cronología de las construcciones megalíticas de sur peninsular. Este objetivo les condujo al estudio de Los Millares, uno de los sitios arqueológicos más importantes de Europa Occidental.
El yacimiento de Los Millares puede considerarse como un yacimiento arqueológico único debido a cuatro características principales: su gran tamaño (con aproximadamente diecinueve hectáreas de extensión, de las cuales seis pertenecen al asentamiento y trece a la necrópolis); la riqueza de los ajuares funerarios (que incluyen objetos realizados en materias primas exóticas como el ámbar, la cáscara de huevo de avestruz y el marfil); la complejidad estructural del asentamiento (delimitado por cuatro recintos concéntricos interpretados como murallas y fortificaciones); y la presencia en el entorno del poblado de hasta trece pequeños asentamientos, también denominados «fortines».
A partir de la fecha de muerte de los individuos depositados en el interior de las sepulturas, los científicos de la UGR han conseguido por primera vez una serie de dataciones absolutas que permiten situar cronológicamente la construcción, uso, reutilización y abandono de la necrópolis de Los Millares.
Así, los primeros enterramientos se realizaron entre el 3220−3125 a. C., aproximadamente hace unos 5200 años, y los últimos entre el 2390−2295 a. C., hace unos 4300 años.
«Por tanto, podemos afirmar que la necrópolis de Los Millares estuvo en uso durante casi un milenio. Además, las diferentes tumbas datadas muestra que no todas fueron construidas a la vez y que, además, fueron utilizadas con diferentes intensidades», señala Margarita Sánchez Romero, otra de las autoras del trabajo. Este aspecto es de enorme relevancia, dado que permite separar cronológicamente eventos rituales y funerarios que hasta este momento eran considerados como contemporáneos.
Un lugar con significado simbólico y sagrado
Los Millares fue en inicialmente un lugar sagrado formado por una necrópolis de sepulturas megalíticas. Las primeras evidencias de asentamiento se produjeron con dos siglos de diferencia respecto a la construcción de las primeras sepulturas. La anterioridad en el uso ritual y funerario de Los Millares sugiere que la localización del asentamiento podría haber estado determinada por el significado simbólico y sagrado del sitio. El poblado de Los Millares, su extensión y complejidad constructiva podrían explicarse como resultado de un proceso de concentración de diferentes grupos sociales atraídos por el carácter sagrado y por la especial significación del sitio.
La fundación del poblado de los Millares junto a la necrópolis se realizó en un corto intervalo temporal, de forma que hace unos 5000 años, el poblado alcanzó unas dimensiones, concentración poblacional y monumentalidad desconocidas hasta el momento en la Península Ibérica. Además, se desarrollaron innovaciones de enorme transcendencia cultural como la aparición los primeros objetos realizados en metal como punzones, puñales, escoplos, sierras o puntas de flecha en metal.
Será a mediados del tercer milenio a.C., hace unos 4500 años, cuando nuevos cambios transformaron el sitio de los Millares. Según las dataciones radiocarbónicas, la mayor parte de poblado fue abandonado en estos momentos, y solo el recinto interior también denominado como ciudadela permaneció ocupado.
Es en estos momentos cuando los pequeños asentamientos o «fortines» fueron construidos y habitados. El abandono tanto de la necrópolis, de la ciudadela como de los «fortines» se produciría hace unos 4100 años, coincidiendo con los cambios culturales que dieron origen al desarrollo de la Cultura de El Argar, señalan los autores.
Investigadores de Granada demuestran que la primera ciudad de la Península Ibérica se estableció hace 5.000 años en Almería | Ideal
miércoles, 15 de abril de 2020
Homenaje a los mayores de mi tierra: Agua Amarga
Homenaje a los mayores de mi tierra: Agua Amarga

Pedro Caparrós, director general de Caparrós Nature
Homenaje a los mayores de mi tierra: Agua Amarga
Carta abierta de Pedro Caparrós, director general de Caparrós Nature
PEDRO CAPARRÓS · 15 Abril, 2020
Queridos paisanos y amigos,
Estoy convencido de que todos somos conscientes de la gravedad de lo que estamos viviendo y de lo que supone enfrentarnos cada día a esta crisis sanitaria sin precedente en el mundo, una situación excepcional que pone en riesgo la salud, altera nuestras vidas, nuestros trabajos, nuestras empresas y a nuestras familias y seres queridos.
Agua Amarga no es ajena a esta realidad, y por ello, he pensado en haceros llegar a los mayores de mi tierra, un detalle que no tiene ningún valor económico, pero sí un gran valor sentimental para mí ,porque con ello quiero acordarme de mis raíces y especialmente de nuestros mayores, que son sin lugar a dudas los más vulnerables en estos momentos.
Seguro que todos vosotros, mayores de la zona, amigos y algunos familia sabéis que nací un 21 de julio del 1959 en La Joya de Agua Amarga, allí pasé mi infancia, a veces trillando en la era con mi madre y mi abuelo y otras muchas pescando en la barcaza de fibra con mi padre, ya fuese al volantín al curri o con las poteras saliendo a los calamares.
No elegí nacer en Agua amarga, pero tuve mucha suerte de nacer allí, ,de ser el hijo de Paco Caparrós y Manuela Torrecillas, por ello siempre me he sentido orgulloso de la tierra que me vio nacer y aunque tengo muy poco tiempo para disfrutarla como me gustaría, siempre que puedo pienso en volver, porque es volver a mi infancia, a mi familia y con mi gente.
Aunque siempre he sentido respeto y admiración por nuestros mayores, ahora que ya me va alcanzando el tiempo y los años, se acentúa aún más esa gratitud hacia las personas que “peinan canas”, nadie como vosotros sabéis de la dureza de la vida, de todo lo que habéis tenido que luchar con tanto esfuerzo para sacar la familia adelante y para que todos nosotros tengamos una vida más fácil y cómoda que la vuestra.
La vida con cada uno de sus días y años no se vive con las canas sino con el entendimiento , el sentido común y la experiencia y estas tres cosas suelen mejorar con los años. A veces se nos olvida que la vida es breve, la ciencia extensa, la ocasión fugaz, la experiencia insegura y el juicio difícil
Nunca pudimos imaginar que este virus nos privara de poder seguir disfrutando de muchos de nuestros mayores, es una sensación de rabia, impotencia y desolación que nunca vamos a poder superar, porque como muchas veces digo” cuando un mayor nos deja, una biblioteca se quema”, porque nuestros mayores son una fuente inagotable de sabiduría y aprendizaje, algo tan necesario en estos tiempos para afrontar esto que se llama LA VIDA.
La vejez es un estado que se alcanza si uno vive lo suficiente, porque como decía Cervantes, nadie puede detener el tiempo. Hoy tratamos de disimular esta expresión con el término miembro de la tercera edad, pero yo personalmente me gusta la expresión envejecer.
Paisanos mayores y queridos, termino con un mensaje de ánimo y confianza, porque Agua Amarga es una gran pueblo que nunca se ha rendido ante ninguna dificultad, por duro que soplen nuestros vientos, por ello, este virus no nos va a vencer, al contrario nos tiene que hacer más fuertes, más solidarios y hacernos volver lo máximo posible a nuestra tierra y nuestros orígenes.
Nos vemos pronto en Agua amarga.
Homenaje a los mayores de mi tierra: Agua Amarga

Pedro Caparrós, director general de Caparrós Nature
Homenaje a los mayores de mi tierra: Agua Amarga
Carta abierta de Pedro Caparrós, director general de Caparrós Nature
PEDRO CAPARRÓS · 15 Abril, 2020
Queridos paisanos y amigos,
Estoy convencido de que todos somos conscientes de la gravedad de lo que estamos viviendo y de lo que supone enfrentarnos cada día a esta crisis sanitaria sin precedente en el mundo, una situación excepcional que pone en riesgo la salud, altera nuestras vidas, nuestros trabajos, nuestras empresas y a nuestras familias y seres queridos.
Agua Amarga no es ajena a esta realidad, y por ello, he pensado en haceros llegar a los mayores de mi tierra, un detalle que no tiene ningún valor económico, pero sí un gran valor sentimental para mí ,porque con ello quiero acordarme de mis raíces y especialmente de nuestros mayores, que son sin lugar a dudas los más vulnerables en estos momentos.
Seguro que todos vosotros, mayores de la zona, amigos y algunos familia sabéis que nací un 21 de julio del 1959 en La Joya de Agua Amarga, allí pasé mi infancia, a veces trillando en la era con mi madre y mi abuelo y otras muchas pescando en la barcaza de fibra con mi padre, ya fuese al volantín al curri o con las poteras saliendo a los calamares.
No elegí nacer en Agua amarga, pero tuve mucha suerte de nacer allí, ,de ser el hijo de Paco Caparrós y Manuela Torrecillas, por ello siempre me he sentido orgulloso de la tierra que me vio nacer y aunque tengo muy poco tiempo para disfrutarla como me gustaría, siempre que puedo pienso en volver, porque es volver a mi infancia, a mi familia y con mi gente.
Aunque siempre he sentido respeto y admiración por nuestros mayores, ahora que ya me va alcanzando el tiempo y los años, se acentúa aún más esa gratitud hacia las personas que “peinan canas”, nadie como vosotros sabéis de la dureza de la vida, de todo lo que habéis tenido que luchar con tanto esfuerzo para sacar la familia adelante y para que todos nosotros tengamos una vida más fácil y cómoda que la vuestra.
La vida con cada uno de sus días y años no se vive con las canas sino con el entendimiento , el sentido común y la experiencia y estas tres cosas suelen mejorar con los años. A veces se nos olvida que la vida es breve, la ciencia extensa, la ocasión fugaz, la experiencia insegura y el juicio difícil
Nunca pudimos imaginar que este virus nos privara de poder seguir disfrutando de muchos de nuestros mayores, es una sensación de rabia, impotencia y desolación que nunca vamos a poder superar, porque como muchas veces digo” cuando un mayor nos deja, una biblioteca se quema”, porque nuestros mayores son una fuente inagotable de sabiduría y aprendizaje, algo tan necesario en estos tiempos para afrontar esto que se llama LA VIDA.
La vejez es un estado que se alcanza si uno vive lo suficiente, porque como decía Cervantes, nadie puede detener el tiempo. Hoy tratamos de disimular esta expresión con el término miembro de la tercera edad, pero yo personalmente me gusta la expresión envejecer.
Paisanos mayores y queridos, termino con un mensaje de ánimo y confianza, porque Agua Amarga es una gran pueblo que nunca se ha rendido ante ninguna dificultad, por duro que soplen nuestros vientos, por ello, este virus no nos va a vencer, al contrario nos tiene que hacer más fuertes, más solidarios y hacernos volver lo máximo posible a nuestra tierra y nuestros orígenes.
Nos vemos pronto en Agua amarga.
Homenaje a los mayores de mi tierra: Agua Amarga
El proyecto del jeque para la UD Almería
El proyecto del jeque para la UD Almería

El proyecto del jeque para la UD Almería
Por Nico García - AS.com
El 2 de agosto de 2019 pasará a la historia del Almería al comprar Turki Al-Sheikh todas las acciones de Alfonso García, poniendo fin a más de 16 años de mandato del último. El millonario saudí pretende hacer de la UDA un club grande, revolución incluida si hace falta. Con su llegada se marcharon Óscar Fernández y Miguel Ángel Corona, entrenador y director deportivo, respectivamente, sustituyéndoles Pedro Emanuel y Darío Drudi.
En apenas unos días el equipo rojiblanco cambió el objetivo de la permanencia por el del ascenso, ampliación del límite salarial incluido. Aunque no continúan Saveljich, Eteki, Real, Rioja y Álvaro Giménez, los cinco pilares del pasado curso, Al-Sheikh busca un equipo que logre ascender a Primera División en su primera temporada en el sudeste peninsular.
Eso sí, su precipitada llegada ha provocado que tras los trámites, Darío Drudi tenga que confeccionar la plantilla en las tres últimas semanas. La afición almeriense, que tiene la normal incertidumbre que provoca el cambio, está más ilusionada que nunca, volviendo a soñar con cotas mayores que una permanencia holgada, algo que se antojaba escaso para un equipo que ha estado seis ejercicios en Primera División.
El entrenador: Pedro Emanuel

Pedro Emanuel, el elegido por el jeque para comandar al Almería. / FRANCISCO LEONG (AFP)
Pedro Emanuel sólo ha tenido once días para preparar el primer encuentro liguero, ya que llegó con la compraventa del club (Óscar Fernández estuvo apenas un mes y medio). Técnico joven (44 años), como jugador ganó 16 títulos en su paso por el Boavista y el Oporto, incluida una Liga de Campeones, una UEFA y una Intercontinental. Fue segundo de Villas-Boas en los dragones azules. Viene de entrenar al Al-Taawoun.
La estrella: Darwin Núñez

La estrella: Darwin Núñez. / MIGUEL ROJO (AFP)
El delantero charrúa debe responder a las expectativas creadas. Llega procedente del Peñarol, que puede recibir del Almería más de siete millones de euros, según las distintas variables. A pesar de sus 20 años está llamado a ganarse el puesto de titular en la punta de lanza de un Almería que busca el ascenso. Darwin Nuñz, el 'nuevo Cavani' según la prensa uruguaya, ya ha ido convocado con la absoluta.
La promesa: Appiah

La promesa: Appiah. / DIARIO AS
Ha sido la bomba de La Liga Smartbank. El Almería ha pagado 8,8 millones de euros al Nottingham Forest por el jugador inglés, según informa 'The Sun', que informa también que el futbolista fue ojeado por el Manchester United. Ha sido un fijo para las inferiores de la selección inglesa(sub-16, 17, 18 y 19). En enero cumplió 18 años, entrando en esa intención de Al Sheikh de contar con futbolistas jóvenes, pero con mucha proyección.
Once tipo

Once tipo
El Almería no ha podido mantener la columna vertebral del once tipo del pasado curso. Si Óscar Fernández probó con el 4-4-2 en el mes y medio en el que estuvo, el esquema de Pedro Emanuel se plantea como una incógnita, puesto que el único duelo que ha jugado este verano ha sido a puerta cerrada. Todo hace indicar que será un 4-2-3-1.
El proyecto del jeque para la UD Almería - AS.com

El proyecto del jeque para la UD Almería
Por Nico García - AS.com
El 2 de agosto de 2019 pasará a la historia del Almería al comprar Turki Al-Sheikh todas las acciones de Alfonso García, poniendo fin a más de 16 años de mandato del último. El millonario saudí pretende hacer de la UDA un club grande, revolución incluida si hace falta. Con su llegada se marcharon Óscar Fernández y Miguel Ángel Corona, entrenador y director deportivo, respectivamente, sustituyéndoles Pedro Emanuel y Darío Drudi.
En apenas unos días el equipo rojiblanco cambió el objetivo de la permanencia por el del ascenso, ampliación del límite salarial incluido. Aunque no continúan Saveljich, Eteki, Real, Rioja y Álvaro Giménez, los cinco pilares del pasado curso, Al-Sheikh busca un equipo que logre ascender a Primera División en su primera temporada en el sudeste peninsular.
Eso sí, su precipitada llegada ha provocado que tras los trámites, Darío Drudi tenga que confeccionar la plantilla en las tres últimas semanas. La afición almeriense, que tiene la normal incertidumbre que provoca el cambio, está más ilusionada que nunca, volviendo a soñar con cotas mayores que una permanencia holgada, algo que se antojaba escaso para un equipo que ha estado seis ejercicios en Primera División.
El entrenador: Pedro Emanuel

Pedro Emanuel, el elegido por el jeque para comandar al Almería. / FRANCISCO LEONG (AFP)
Pedro Emanuel sólo ha tenido once días para preparar el primer encuentro liguero, ya que llegó con la compraventa del club (Óscar Fernández estuvo apenas un mes y medio). Técnico joven (44 años), como jugador ganó 16 títulos en su paso por el Boavista y el Oporto, incluida una Liga de Campeones, una UEFA y una Intercontinental. Fue segundo de Villas-Boas en los dragones azules. Viene de entrenar al Al-Taawoun.
La estrella: Darwin Núñez

La estrella: Darwin Núñez. / MIGUEL ROJO (AFP)
El delantero charrúa debe responder a las expectativas creadas. Llega procedente del Peñarol, que puede recibir del Almería más de siete millones de euros, según las distintas variables. A pesar de sus 20 años está llamado a ganarse el puesto de titular en la punta de lanza de un Almería que busca el ascenso. Darwin Nuñz, el 'nuevo Cavani' según la prensa uruguaya, ya ha ido convocado con la absoluta.
La promesa: Appiah

La promesa: Appiah. / DIARIO AS
Ha sido la bomba de La Liga Smartbank. El Almería ha pagado 8,8 millones de euros al Nottingham Forest por el jugador inglés, según informa 'The Sun', que informa también que el futbolista fue ojeado por el Manchester United. Ha sido un fijo para las inferiores de la selección inglesa(sub-16, 17, 18 y 19). En enero cumplió 18 años, entrando en esa intención de Al Sheikh de contar con futbolistas jóvenes, pero con mucha proyección.
Once tipo

Once tipo
El Almería no ha podido mantener la columna vertebral del once tipo del pasado curso. Si Óscar Fernández probó con el 4-4-2 en el mes y medio en el que estuvo, el esquema de Pedro Emanuel se plantea como una incógnita, puesto que el único duelo que ha jugado este verano ha sido a puerta cerrada. Todo hace indicar que será un 4-2-3-1.
El proyecto del jeque para la UD Almería - AS.com
lunes, 13 de abril de 2020
La Jura de la Puerta Purchena
La Jura de la Puerta Purchena | La Voz de Almería

Aspecto que ofrecía la Puerta Purchena durante la ceremonia solemne de la Jura de la Bandera celebrada el domingo 11 de abril de 1920.
La Jura de la Puerta Purchena
Fue en un tiempo en el que el patriotismo no era patrimonio de ninguna ideología
MANUEL LEÓN | La Voz de Almería • 12 ABR. 2020
Un domingo soleado del 11 de abril de 1920, la Puerta Purchena, nuestra Puerta del Sol almeriense, se engalanó como pocas veces había ocurrido desde que se derribaron las murallas medievales y se creó esa llanura magnífica de la ciudad en la que todo ocurría y ocurre.
Han transcurrido justo ahora cien años de esta imagen coloreada, tomada quizá por un fotógrafo encaramado a un castillete portátil, desde el que planea con su cámara todos los ángulos del acontecimiento.
Se ve un altar con un sacerdote encima, delante de la botica de la viuda de Quesada, cuando aún Langle no había diseñado la actual fachada neoclásica. A su lado, el edificio del mismo estilo de Enrique López Rull que sirvió de inspiración a don Guillermo, con la pañería El Río de la Plata del fortunero Fulgencio Pérez. Al fondo, La Perla, cuando solo era una discreta fonda regentada por José Benítez.
Aparece a la izquierda de la imagen, la droguería Arco Iris, de Julio y Andrés Fernández, adornada de guirnaldas y en la fachada la enseña Viva el Ejército confeccionada con flores.
En la puerta de la confitería La Sevillana, la gente se arracima protegida con sombreros canotier los caballeros, gorras los muchachos y sombrillas las señoras, probablemente adquiridos en la sombrerería de Rosales Ulibarri en la calle Las Tiendas.
En los balcones las familias que salen a contemplar el espectáculo también se protegen del sol, al igual que en las azoteas atestadas de público. La rejería se adorna con banderas nacionales y blancas y delante de la tienda de máquinas de coser Sínger se ve un kiosco de prensa con niños encaramados detrás, en las ventanas.
Hay sillas en primera fila para los gentiles y un seto vegetal que separa a la concurrencia de los actores del espectáculo. En el centro de la Plaza emerge como un champiñón espigado, una farola de bronce en la que también hay niños sentados, junto a colgaduras, adornos y pendones. Los soldados en formación lucen traje de gala y el lomo de la caballería luce para ese día tan especial, como si le hubieran sacado brillo con una gamuza.
Se trata del acto de la Jura de la Bandera, que por primera vez se hacía en ese espacio principal de la ciudad, en un tiempo en el que el patriotismo no era patrimonio de ninguna ideología política y no había ningún complejo en la exaltación del emblema del país.
España era entonces una monarquía regida por Alfonso XIII y el sistema político se ceñía a un turno de partidos entre liberales y conservadores. En ese preciso tiempo en el que se ven todos esos almerienses civiles y militares asistir al acto dominical, el Gobierno de España estaba presidido por Manuel Allende-Salazar, que dejó paso unos meses más tarde al conservador Eduardo Dato, quien al poco fue asesinado en Barcelona, en plena efervescencia anarquista catalana.
Las juras de la bandera habían comenzado a hacerse en Almería en 1913, con la llegada al Cuartel de la Misericordia del Regimiento de Córdoba. Participaron 82 reclutas que desfilaron desde el acuartelamiento hasta el Andén de Costa, justo enfrente de la hoy Fuente de los Peces de Perceval. Unos años antes, en 1903, había existido en Almería, un Batallón Infantil que juraba bandera confeccionada por sus madres una vez al año en la Plaza del Ayuntamiento y tenía su sede en el café de Pedro Sáez en la calle de la Libertad.
Se mantuvieron estos actos de exaltación en Almería, al igual que en el resto de España, hasta que fueron languideciendo con la llegada de la II República en 1931. En 1922, curiosamente, la Jura tuvo lugar en el mismo sitio que se observa en la fotografía, aunque en vez de llamarse Puerta Purchena, se llamó por un breve periodo Plaza de Ramón y Cajal. Y en 1926 volvió a celebrarse con menos grandiosidad en el Cuartel de la Misericordia.
El año en que se verificó el acto que se ve en la foto, el gobernador militar era el general Cavanna, quien invitó para la ocasión a su homólogo en Alicante, el célebre general Moltó, para presidir el acto en el que juraron bandera 400 reclutas. Era tal la emoción que sintió el tal Cavanna, que lo tuvieron que contener con discreción el resto de las autoridades, porque cada cinco minutos interrumpía la Misa de campaña para dar gritos de ¡Viva España! Y ¡Viva el rey Alfonso! con un altavoz en la mano.
Ofició la homilía el capellán del regimiento Ángel Mirón y frente al altar formaban alineados la escuadra de Gastadores, con la bandera a los pies y una imagen de la Purísima junto a gallardetes y escudos. La tropa en traje de gala estaba al mando del coronel José Valdivia, del Regimiento de la Corona, que luchaba en la Guerra de África.
En la tribuna de autoridades aparecían, bajo mazas, el alcalde Miguel Granados Ferre, el gobernador civil Sáenz Matamoros y el cronista de la ciudad, Jover y Tovar, entre otros, y debajo la banda de música dirigida por Quiroga que interpretó marchas militares y el Aida de Verdi.
Al iniciar el acto de la Jura, rindió armas la caballería montada, los soldados pusieron pie en tierra y la muchedumbre se arrodilló, inclinándose cuando la bandera fue alzada entre los vítores y los acordes de la marcha real. A continuación, fueron besando la bandera los reclutas uno a uno, excepto tres que la abrazaron y no la querían soltar.
Al acabar el acto, la tropa desfiló Paseo abajo y llegaron al Cuartel donde fueron agasajados con un rancho extraordinario a base de sopa de jamón, pescado, vino, naranjas y dulces variados. A los reclutas que abrazaron la bandera en vez de besarla, le dieron como recompensa 25 pesetas por barba.
La Jura de la Puerta Purchena | La Voz de Almería
Aspecto que ofrecía la Puerta Purchena durante la ceremonia solemne de la Jura de la Bandera celebrada el domingo 11 de abril de 1920.
La Jura de la Puerta Purchena
Fue en un tiempo en el que el patriotismo no era patrimonio de ninguna ideología
MANUEL LEÓN | La Voz de Almería • 12 ABR. 2020
Un domingo soleado del 11 de abril de 1920, la Puerta Purchena, nuestra Puerta del Sol almeriense, se engalanó como pocas veces había ocurrido desde que se derribaron las murallas medievales y se creó esa llanura magnífica de la ciudad en la que todo ocurría y ocurre.
Han transcurrido justo ahora cien años de esta imagen coloreada, tomada quizá por un fotógrafo encaramado a un castillete portátil, desde el que planea con su cámara todos los ángulos del acontecimiento.
Se ve un altar con un sacerdote encima, delante de la botica de la viuda de Quesada, cuando aún Langle no había diseñado la actual fachada neoclásica. A su lado, el edificio del mismo estilo de Enrique López Rull que sirvió de inspiración a don Guillermo, con la pañería El Río de la Plata del fortunero Fulgencio Pérez. Al fondo, La Perla, cuando solo era una discreta fonda regentada por José Benítez.
Aparece a la izquierda de la imagen, la droguería Arco Iris, de Julio y Andrés Fernández, adornada de guirnaldas y en la fachada la enseña Viva el Ejército confeccionada con flores.
En la puerta de la confitería La Sevillana, la gente se arracima protegida con sombreros canotier los caballeros, gorras los muchachos y sombrillas las señoras, probablemente adquiridos en la sombrerería de Rosales Ulibarri en la calle Las Tiendas.
En los balcones las familias que salen a contemplar el espectáculo también se protegen del sol, al igual que en las azoteas atestadas de público. La rejería se adorna con banderas nacionales y blancas y delante de la tienda de máquinas de coser Sínger se ve un kiosco de prensa con niños encaramados detrás, en las ventanas.
Hay sillas en primera fila para los gentiles y un seto vegetal que separa a la concurrencia de los actores del espectáculo. En el centro de la Plaza emerge como un champiñón espigado, una farola de bronce en la que también hay niños sentados, junto a colgaduras, adornos y pendones. Los soldados en formación lucen traje de gala y el lomo de la caballería luce para ese día tan especial, como si le hubieran sacado brillo con una gamuza.
Se trata del acto de la Jura de la Bandera, que por primera vez se hacía en ese espacio principal de la ciudad, en un tiempo en el que el patriotismo no era patrimonio de ninguna ideología política y no había ningún complejo en la exaltación del emblema del país.
España era entonces una monarquía regida por Alfonso XIII y el sistema político se ceñía a un turno de partidos entre liberales y conservadores. En ese preciso tiempo en el que se ven todos esos almerienses civiles y militares asistir al acto dominical, el Gobierno de España estaba presidido por Manuel Allende-Salazar, que dejó paso unos meses más tarde al conservador Eduardo Dato, quien al poco fue asesinado en Barcelona, en plena efervescencia anarquista catalana.
Las juras de la bandera habían comenzado a hacerse en Almería en 1913, con la llegada al Cuartel de la Misericordia del Regimiento de Córdoba. Participaron 82 reclutas que desfilaron desde el acuartelamiento hasta el Andén de Costa, justo enfrente de la hoy Fuente de los Peces de Perceval. Unos años antes, en 1903, había existido en Almería, un Batallón Infantil que juraba bandera confeccionada por sus madres una vez al año en la Plaza del Ayuntamiento y tenía su sede en el café de Pedro Sáez en la calle de la Libertad.
Se mantuvieron estos actos de exaltación en Almería, al igual que en el resto de España, hasta que fueron languideciendo con la llegada de la II República en 1931. En 1922, curiosamente, la Jura tuvo lugar en el mismo sitio que se observa en la fotografía, aunque en vez de llamarse Puerta Purchena, se llamó por un breve periodo Plaza de Ramón y Cajal. Y en 1926 volvió a celebrarse con menos grandiosidad en el Cuartel de la Misericordia.
El año en que se verificó el acto que se ve en la foto, el gobernador militar era el general Cavanna, quien invitó para la ocasión a su homólogo en Alicante, el célebre general Moltó, para presidir el acto en el que juraron bandera 400 reclutas. Era tal la emoción que sintió el tal Cavanna, que lo tuvieron que contener con discreción el resto de las autoridades, porque cada cinco minutos interrumpía la Misa de campaña para dar gritos de ¡Viva España! Y ¡Viva el rey Alfonso! con un altavoz en la mano.
Ofició la homilía el capellán del regimiento Ángel Mirón y frente al altar formaban alineados la escuadra de Gastadores, con la bandera a los pies y una imagen de la Purísima junto a gallardetes y escudos. La tropa en traje de gala estaba al mando del coronel José Valdivia, del Regimiento de la Corona, que luchaba en la Guerra de África.
En la tribuna de autoridades aparecían, bajo mazas, el alcalde Miguel Granados Ferre, el gobernador civil Sáenz Matamoros y el cronista de la ciudad, Jover y Tovar, entre otros, y debajo la banda de música dirigida por Quiroga que interpretó marchas militares y el Aida de Verdi.
Al iniciar el acto de la Jura, rindió armas la caballería montada, los soldados pusieron pie en tierra y la muchedumbre se arrodilló, inclinándose cuando la bandera fue alzada entre los vítores y los acordes de la marcha real. A continuación, fueron besando la bandera los reclutas uno a uno, excepto tres que la abrazaron y no la querían soltar.
Al acabar el acto, la tropa desfiló Paseo abajo y llegaron al Cuartel donde fueron agasajados con un rancho extraordinario a base de sopa de jamón, pescado, vino, naranjas y dulces variados. A los reclutas que abrazaron la bandera en vez de besarla, le dieron como recompensa 25 pesetas por barba.
La Jura de la Puerta Purchena | La Voz de Almería
lunes, 23 de marzo de 2020
Benínar, el pueblo tragado por las aguas
Benínar, el pueblo tragado por las aguas | La Voz de Almería

Imágenes del pueblo con el agua llegando ya a la altura de las casas. LA VOZ
Benínar, el pueblo tragado por las aguas
Su nombre significa en Árabe nacida del fuego y está enterrado bajo el peso de un aguacero
MANUEL LEÓN | La Voz de Almería • 13 DIC. 2019
Se llama Juan Díaz y aún vive con 100 años, saturado de recuerdos, en un piso de 95 metros en la calle Doctor Carracido de la urbana Almería, tan distinto a su viejo huerto de brevas y jinjoleros.
Allí pasa sus días Juan, mirando al barrio de Altamira, con sus ojos marchitos, duro de oído, pero riendo aún como el zagal que fue, este beninero hasta las trancas, el último lugareño que pisó las calles de esa aldea ya mitológica que se inmoló para que el Campo de Dalías tuviera agua, el último que oyó el croar de las ranas de la balsa, el último que percibió el aroma de los jazmineros.
Después todo fue agua y más agua, como en un diluvio bíblico, que anegó no solo los árboles, el púlpito de la iglesia o los pupitres de la escuela, sino también la memoria de centenares de años de alegrías y tristezas compartidas. Benínar, que significa en su origen árabe ‘nacida del fuego’ está enterrada bajo el peso de un descomunal aguacero.
La historia de Juan es la del indígena que no quiso irse de la tierra de sus antepasados, que pleiteó hasta el último minuto, hasta que lo desalojó a la fuerza la Guardia civil una calurosa mañana de agosto de 1983. Decía que no quería los dos millones y medio de pesetas que le daba el antiguo MOPU, que el aire puro, la vega que había trabajado con sus brazos, sus recuerdos de niño no tenían precio.
Juan nació un martes 24 de junio de 1919 y celebra santo y cumpleaños el mismo día. Se crió con Antonio el de Carlota y con la Quinta del Biberón lo obligaron a ir a una guerra que no era la suya. Primero con una manta en el ejército de Lérida y después en el Peñón de Gibraltar. Cuando volvió a su pueblo, a su Benínar del alma, estaba todo lleno de falangistas, nunca quiso ponerse la gorra negra como tampoco antes se amarró el pañuelo de miliciano.
En 1958
Se casó en 1947 con Elodia Roda, se cansó de sembrar trigo y maíz y emigró a Montevideo a trabajar haciendo caminos y con el dinero ahorrado se compró a la vuelta unos roales de tierra, la misma que le expropiaron y que duerme en el fondo del embalse. Lo nombraron juez de paz para poner un poco de orden cuando había alguna riña familiar y también fue teniente de alcalde , aunque eso no le eximió de seguir labrando los campos y recogiendo la almendra y la aceituna, hasta que la riada del 73 acabó con casi toda la vega, las obras de la presa se aceleraron y esa Arcadia feliz empezó a quedarse vacía.
Benínar, desde que en 1958 las Cortes franquistas decidieron hacer un pantano, fue un pueblo con el miedo metido en el cuerpo, como una persona que sabe que su fin está próximo, aunque la falta de presupuesto fuese dilatando la agonía. Los mil habitantes de antaño se fueron quedando en menos de la mitad y los benineros fueron poco a poco siendo expulsados -como Caín y Abel- de su particular Paraíso.
Benínar era un pueblo de postal: tapizado por una alfombra verde y frondosa vegetación al lado del cauce del río Grande, con calles estrechas como las de Mojácar, donde había un cura que se llamaba pepe, una tienda de ultramarinos que regentaban Cecilio y Elena, un bar que era de Juan el alcalde, una barbería donde afeitaba Ramón, un panadero que se llamaba Juan Ruiz.
El 15 de agosto, por San Roque, volvían todos sus hijos de Cataluña a la celebración de los Moros y Cristianos y los músicos de Darrícal llegaban para amenizar, a través del río, hasta la fuente del Murallón. Ya era fiesta y se olía a pólvora y en la plaza, el busto del doctor Eugenio Sánchez Quero, el mismo que libró al pueblo de la gripe de 18, miraba a las parejas bailar pasodobles agarrados. No había fonda que valiera y los vecinos abrían la puerta de sus casas para que pasaran la noche los músicos y el cohetero y para que almorzara la Guardia Civil. Los chiquillos estrenaban camisa que habían ido a compra en mula a la grupa de su padre al mercado de Berja.
Repartidos por la provincia
Todo eso se perdió, se fue perdiendo, a principios de los años 80, cuando ya las obras se aceleraron, cuando ya quedaron solo una docena de ancianos y cuando la riada de noviembre de 1982 anegó el pueblo: las aguas subieron veinte metros, el fango les llegó a las barbas a la estatua del pobre doctor, y los escasos vecinos que quedaban, sin luz y sin teléfono, se refugiaron en la parte alta de la Iglesia. Después sacaron a San Roque y se lo llevaron a la Iglesia de Hirmes, los huesos de sus antepasados los enterraron en un nuevo cementerio, llenaron furgonetas de arcones antiguos, ajuares domésticos y aperos de labranza y comenzó la diáspora en busca de otra tierra prometida.
Unos se fueron a Berja, otros al poblado de colonos de San Agustín y otros partieron rumbo a la capital, como el propio Juan Díaz, que pasó a ser, sin él pretenderlo, Juan sin tierra, el hombre que tanto sudor se dejó en esos terrones ahora sepultados por unas aguas que riegan los invernaderos de las vegas de Adra y de Berja.
Él, el juez de paz, el emigrante que volvió del Uruguay en la bodega de un barco con cuatro cuartos para formar una familia, el niño que buscaba nidos de verderones y al que el maestro don Antonio le tiraba de las patillas si se equivocaba con la tabla del siete -decía Ana María Matute que la infancia es a veces más larga que la vida- fue el último en abandonar ese pueblo sacrificado, que fue borrado del mapa por un edicto en el BOE. Aunque dicen que allí donde se reúnan dos benineros, siempre estará Benínar.
Benínar, el pueblo tragado por las aguas | La Voz de Almería
Imágenes del pueblo con el agua llegando ya a la altura de las casas. LA VOZ
Benínar, el pueblo tragado por las aguas
Su nombre significa en Árabe nacida del fuego y está enterrado bajo el peso de un aguacero
MANUEL LEÓN | La Voz de Almería • 13 DIC. 2019
Se llama Juan Díaz y aún vive con 100 años, saturado de recuerdos, en un piso de 95 metros en la calle Doctor Carracido de la urbana Almería, tan distinto a su viejo huerto de brevas y jinjoleros.
Allí pasa sus días Juan, mirando al barrio de Altamira, con sus ojos marchitos, duro de oído, pero riendo aún como el zagal que fue, este beninero hasta las trancas, el último lugareño que pisó las calles de esa aldea ya mitológica que se inmoló para que el Campo de Dalías tuviera agua, el último que oyó el croar de las ranas de la balsa, el último que percibió el aroma de los jazmineros.
Después todo fue agua y más agua, como en un diluvio bíblico, que anegó no solo los árboles, el púlpito de la iglesia o los pupitres de la escuela, sino también la memoria de centenares de años de alegrías y tristezas compartidas. Benínar, que significa en su origen árabe ‘nacida del fuego’ está enterrada bajo el peso de un descomunal aguacero.
La historia de Juan es la del indígena que no quiso irse de la tierra de sus antepasados, que pleiteó hasta el último minuto, hasta que lo desalojó a la fuerza la Guardia civil una calurosa mañana de agosto de 1983. Decía que no quería los dos millones y medio de pesetas que le daba el antiguo MOPU, que el aire puro, la vega que había trabajado con sus brazos, sus recuerdos de niño no tenían precio.
Juan nació un martes 24 de junio de 1919 y celebra santo y cumpleaños el mismo día. Se crió con Antonio el de Carlota y con la Quinta del Biberón lo obligaron a ir a una guerra que no era la suya. Primero con una manta en el ejército de Lérida y después en el Peñón de Gibraltar. Cuando volvió a su pueblo, a su Benínar del alma, estaba todo lleno de falangistas, nunca quiso ponerse la gorra negra como tampoco antes se amarró el pañuelo de miliciano.
En 1958
Se casó en 1947 con Elodia Roda, se cansó de sembrar trigo y maíz y emigró a Montevideo a trabajar haciendo caminos y con el dinero ahorrado se compró a la vuelta unos roales de tierra, la misma que le expropiaron y que duerme en el fondo del embalse. Lo nombraron juez de paz para poner un poco de orden cuando había alguna riña familiar y también fue teniente de alcalde , aunque eso no le eximió de seguir labrando los campos y recogiendo la almendra y la aceituna, hasta que la riada del 73 acabó con casi toda la vega, las obras de la presa se aceleraron y esa Arcadia feliz empezó a quedarse vacía.
Benínar, desde que en 1958 las Cortes franquistas decidieron hacer un pantano, fue un pueblo con el miedo metido en el cuerpo, como una persona que sabe que su fin está próximo, aunque la falta de presupuesto fuese dilatando la agonía. Los mil habitantes de antaño se fueron quedando en menos de la mitad y los benineros fueron poco a poco siendo expulsados -como Caín y Abel- de su particular Paraíso.
Benínar era un pueblo de postal: tapizado por una alfombra verde y frondosa vegetación al lado del cauce del río Grande, con calles estrechas como las de Mojácar, donde había un cura que se llamaba pepe, una tienda de ultramarinos que regentaban Cecilio y Elena, un bar que era de Juan el alcalde, una barbería donde afeitaba Ramón, un panadero que se llamaba Juan Ruiz.
El 15 de agosto, por San Roque, volvían todos sus hijos de Cataluña a la celebración de los Moros y Cristianos y los músicos de Darrícal llegaban para amenizar, a través del río, hasta la fuente del Murallón. Ya era fiesta y se olía a pólvora y en la plaza, el busto del doctor Eugenio Sánchez Quero, el mismo que libró al pueblo de la gripe de 18, miraba a las parejas bailar pasodobles agarrados. No había fonda que valiera y los vecinos abrían la puerta de sus casas para que pasaran la noche los músicos y el cohetero y para que almorzara la Guardia Civil. Los chiquillos estrenaban camisa que habían ido a compra en mula a la grupa de su padre al mercado de Berja.
Repartidos por la provincia
Todo eso se perdió, se fue perdiendo, a principios de los años 80, cuando ya las obras se aceleraron, cuando ya quedaron solo una docena de ancianos y cuando la riada de noviembre de 1982 anegó el pueblo: las aguas subieron veinte metros, el fango les llegó a las barbas a la estatua del pobre doctor, y los escasos vecinos que quedaban, sin luz y sin teléfono, se refugiaron en la parte alta de la Iglesia. Después sacaron a San Roque y se lo llevaron a la Iglesia de Hirmes, los huesos de sus antepasados los enterraron en un nuevo cementerio, llenaron furgonetas de arcones antiguos, ajuares domésticos y aperos de labranza y comenzó la diáspora en busca de otra tierra prometida.
Unos se fueron a Berja, otros al poblado de colonos de San Agustín y otros partieron rumbo a la capital, como el propio Juan Díaz, que pasó a ser, sin él pretenderlo, Juan sin tierra, el hombre que tanto sudor se dejó en esos terrones ahora sepultados por unas aguas que riegan los invernaderos de las vegas de Adra y de Berja.
Él, el juez de paz, el emigrante que volvió del Uruguay en la bodega de un barco con cuatro cuartos para formar una familia, el niño que buscaba nidos de verderones y al que el maestro don Antonio le tiraba de las patillas si se equivocaba con la tabla del siete -decía Ana María Matute que la infancia es a veces más larga que la vida- fue el último en abandonar ese pueblo sacrificado, que fue borrado del mapa por un edicto en el BOE. Aunque dicen que allí donde se reúnan dos benineros, siempre estará Benínar.
Benínar, el pueblo tragado por las aguas | La Voz de Almería
Aquel pequeño caserío llamado Aguadulce
Aquel pequeño caserío llamado Aguadulce

Aguadulce, en los inicios del despegue vertical. LA VOZ
Aquel pequeño caserío llamado Aguadulce
El cortijo que blanqueaba entre dos palmeras y la fuentecilla era el más antiguo de la barriada
BERNARDO MARTÍN DEL REY | La Voz de Almería • 13 DIC. 2019
Era todavía no hace un siglo, un pequeño caserío diseminado por la llanura alta, que comienza donde termina el ingente macizo del Torrejón, las Puntas de La Garrofa y el Palmer, y desemboca la escarpada sierra de Enix, Casitas blancas, cuadradas, cobertizos y huertecillos al borde de la carretera, más acá y más allá, al filo de las ramblas y barrancos, protegidas por alguna cañada donde había alguna tierra de cultivo.
Lo demás todo campo, inmenso campo, que partiendo de las sierras oscuras del NO (Cerro de la Meseta), se extiende hasta la misma orilla del mar en una extensión de más de cien millas. En este dilatado terreno, que participa de regadío erial, secano y monte, aparecerían huertos cercados para la parra y el naranjo, sequías entre cañaverales, espesos bardales de pitas elevando sus bohordes como gigantescos candelabros, aisladas adelfas de flor ardiente, entre los peñascos de las vías pastoriles; y de vez en cuando, alguna que otra palmera con señorío de lejanía, junto a los aljibes, pequeños morabitos, sapillas de agua en penitencia, , norias rodantes, colmenares respaldados por vallas de erizadas chumberas. Más cercanas al monte veíanse corralizas grandes para los rebaños que se bajaban a invernar en la apacible costa; yuntas de bueyes y gañanes en plena labranza; bestias y otros animales paciendo y abrevando en los pilares de los aljibes y remansos de acequias; aves en vuelo; de higuera a higuera, desde el gorrión a la tórtola; palomas en las riscas; perros ladrando, gallinas picoteando a su albedrío, gallos enarcando el cantar… Mujeres transportando el cántaro a la cadera o en la cabeza, camino de la noria o de la fuentecilla. Paisajes, en fin, con vida, color y diligencia. Todo eso veía yo, deslumbrado por la claridad y el espejismo de aquel vasto panorama, cuántas veces crucé por la carretera, viniendo o yendo a mi Valle del Andarax, donde todo es fronda y espesura. ¡Agua – Dulce! En verdad que me era suave y agradable ese nombre.
Hace unos años que el médico y pintor Doctor Monroy me invitó a pasar unos días en la bonita mansión que poseía en Aguadulce. Era una especie de sencillo chalet, con gracia de cortijo andaluz. Tenía allí su estudio de artista; tenía también una biblioteca de escogida recreación; pero lo que más me atraía era un original jardín que había al fondo de la casa. Comprendía tres pequeñas parcelas, siendo la última como un balconcillo-terraza sobre la playa, desde donde se contemplaba el más espléndido panorama que cabe imaginar (De Punta Elena a Cabo de Gata).
Durante los días de mi estancia veraniega pude apreciar las excelencias y naturales encantos que poseía la barriada de Aguadulce; su situación fondeadero, playa, clima templado: confortable albergue de invierno; alegre residencia para el verano; nubes alígeras con fugaces ensueños de lluvia, en primavera; y fantasía de tornasoles y púrpuras en otoño. Y bajé a la playa por una agreste rambla, y hallé una larga extensión de arenales cultivados, donde crecían legumbres y hortalizas, y verdeaban con adorno de florecillas la plantación de patatas de todo tiempo. Eucaliptus de lánguido ramaje, higueras, plátanos, pimenteros, cipreses y la elegante palmera evocadora del islam. Vallados de cañaverales ponían cenefa verde a las parcelas, protegiéndolas contra el viento. Me maravillé ante los abundantes borbotones y raudales de agua clarísima, fina, delgada y dulce, que manaba de los peñascos, casi en la misma arena. Los vecinos de la barriada se surtían de este precioso líquido, que tan cerca del agua salada entregada su gracia fresca y transparente.
Aquel cortijo que blanquea entre dos palmeras y la fuentecilla es el edificio más antiguo de la barriada. Fue refugio de contrabandistas. Lo he pintado recogiendo el paisaje de su situación, y resulta precioso. Esto me dijo el Doctor Monroy, una tarde que admirábamos el campo desde la terraza de su pequeño jardín.
La pequeña Aguadulce
Al antiguo caserío, diseminado y formando una sola calle, se le habían unido ya en 1897 otras casas, todas de una planta: y una ermita al pie de la “Meseta”, bajo la advocación de la Virgen del Carmen; habíase convertido en hermosa finca un erial, con el nombre de Casería del Rosario; el ingeniero del Puerto de Almería, don Francisco Javier Cervantes, se había construido un palacete de estilo inglés sobre los altos acantilados, con jardines colgantes, barandillas y escalinatas en descenso hacia la playa, poblada de árboles. Ya constituía la pequeña Aguadulce un lugar con Iglesia, Escuelas, tiendas, almacenes y carretera de grava, que se la disputaban los municipios de Roquetas y Enix. Hubo expedientes de anexión; y los vecinos, con voz y voto, eligieron la mejor administración municipal del término, porque la pequeña Barriada tenía su historia romántica, su romance y conocía el nombre de su Fundador. Yo encontré algunas noticias muy curiosas, y paso a transcribirlas para constancia de su origen y conocimiento de sus nuevos moradores.
Corría el año 1860. No cruzaba por este llano la carretera; no había casas. Solo un cortijo no muy grande, junto a la ramblilla, próximo al mar, que había construido el vecino de Roquetas, Ginés Perales, con vistas al “negocio” del contrabando, que en aquella época estaba todo en su auge. No se equivocó Ginés. A poco de construir el cortijillo empezó a acudir la osada gente del mar y tierra, en demanda de protección de alijos, contra las vigilancias de carabineros que se desplegaban por San Telmo y la Garrofa. La casa de Perales se convirtió en una especie de ventorrillo, donde se refugiaban arrieros y contrabandistas; se ocultaban trabucos y escondías los revólveres de muesca; guardaban las facas y dejaban las mantas morellanas. Disponía el ventero de gente pagada contra los chivatazos; disponía de caballerías; y sobre todo de un buen vino y jamones de la Alpujarra. Ginés Perales les atendía “el negocio”. Rosa, la de Adra y Carmen la de Félix – dos garridas hembras- le abastecían de productos alimenticios a cambio de género de contrabando. También hacían su “ganancia”. En la playa de Aguadulce había, casi todas las noches, un misterioso movimiento de sombras agazapadas en la arena o espiando tras las fantasmales rocas de los Bajos. Antes del amanecer, por las ramblas de arriba, internándose en las sierras, desaparecían los alijos, camino a Granada.
Dieciséis años después había en el llano cuarenta y dos casas más. Cuando en julio de 1876 ya se habían construido la carretera vieja, que iba por los altos cerros de la Sierra de Almería, la Beata Soledad Torres, Fundadora de las Sierras de María, viajaba en un carro de mulas con dirección a Berja para establecer allí una de sus Casas para Enfermos, le llamó la atención aquella aldeica blanca de la costa y escribió: “Polvo, sol, higueras, chumberas… Caminos de lumbre- Cabras y pastores. Contritas quietudes… Por fin, allá abajo, en abierta playa de arenas azules- se ven casas blancas. Aquel pueblecito se llama Aguadulce. ¡Calmemos cansancio- en su dulce lumbre!
Hacía 1895-96 fallecía en su Casa Venta el negociante roquetero Ginés Perales, Fundador de Agua – Dulce. Así consta en la lápida de su sepulcro en el cementerio blanco, cuadrado, lleno de sol, abierto y silencioso, sin más ruido que el del rumor de las olas, que, al fondo, en la playa, allí cerca, le dedican azules sufragios.
Ahora, Aguadulce joven poblado, con su breve historia romántica y conociendo el nombre y el romance de su Fundador, surgiendo del yermo como por encanto, floreciente, magnífica concentración residencial, regada por agua pura, convertida en la Ciudad satélite de Almería, y acariciada por la suave brisa, en la Costa del Sol nos entrega la Paloma de Venus, Delfines de Neptuno y la Diosa Ceres.
Aquel pequeño caserío llamado Aguadulce | La Voz de Almería
Aguadulce, en los inicios del despegue vertical. LA VOZ
Aquel pequeño caserío llamado Aguadulce
El cortijo que blanqueaba entre dos palmeras y la fuentecilla era el más antiguo de la barriada
BERNARDO MARTÍN DEL REY | La Voz de Almería • 13 DIC. 2019
Era todavía no hace un siglo, un pequeño caserío diseminado por la llanura alta, que comienza donde termina el ingente macizo del Torrejón, las Puntas de La Garrofa y el Palmer, y desemboca la escarpada sierra de Enix, Casitas blancas, cuadradas, cobertizos y huertecillos al borde de la carretera, más acá y más allá, al filo de las ramblas y barrancos, protegidas por alguna cañada donde había alguna tierra de cultivo.
Lo demás todo campo, inmenso campo, que partiendo de las sierras oscuras del NO (Cerro de la Meseta), se extiende hasta la misma orilla del mar en una extensión de más de cien millas. En este dilatado terreno, que participa de regadío erial, secano y monte, aparecerían huertos cercados para la parra y el naranjo, sequías entre cañaverales, espesos bardales de pitas elevando sus bohordes como gigantescos candelabros, aisladas adelfas de flor ardiente, entre los peñascos de las vías pastoriles; y de vez en cuando, alguna que otra palmera con señorío de lejanía, junto a los aljibes, pequeños morabitos, sapillas de agua en penitencia, , norias rodantes, colmenares respaldados por vallas de erizadas chumberas. Más cercanas al monte veíanse corralizas grandes para los rebaños que se bajaban a invernar en la apacible costa; yuntas de bueyes y gañanes en plena labranza; bestias y otros animales paciendo y abrevando en los pilares de los aljibes y remansos de acequias; aves en vuelo; de higuera a higuera, desde el gorrión a la tórtola; palomas en las riscas; perros ladrando, gallinas picoteando a su albedrío, gallos enarcando el cantar… Mujeres transportando el cántaro a la cadera o en la cabeza, camino de la noria o de la fuentecilla. Paisajes, en fin, con vida, color y diligencia. Todo eso veía yo, deslumbrado por la claridad y el espejismo de aquel vasto panorama, cuántas veces crucé por la carretera, viniendo o yendo a mi Valle del Andarax, donde todo es fronda y espesura. ¡Agua – Dulce! En verdad que me era suave y agradable ese nombre.
Hace unos años que el médico y pintor Doctor Monroy me invitó a pasar unos días en la bonita mansión que poseía en Aguadulce. Era una especie de sencillo chalet, con gracia de cortijo andaluz. Tenía allí su estudio de artista; tenía también una biblioteca de escogida recreación; pero lo que más me atraía era un original jardín que había al fondo de la casa. Comprendía tres pequeñas parcelas, siendo la última como un balconcillo-terraza sobre la playa, desde donde se contemplaba el más espléndido panorama que cabe imaginar (De Punta Elena a Cabo de Gata).
Durante los días de mi estancia veraniega pude apreciar las excelencias y naturales encantos que poseía la barriada de Aguadulce; su situación fondeadero, playa, clima templado: confortable albergue de invierno; alegre residencia para el verano; nubes alígeras con fugaces ensueños de lluvia, en primavera; y fantasía de tornasoles y púrpuras en otoño. Y bajé a la playa por una agreste rambla, y hallé una larga extensión de arenales cultivados, donde crecían legumbres y hortalizas, y verdeaban con adorno de florecillas la plantación de patatas de todo tiempo. Eucaliptus de lánguido ramaje, higueras, plátanos, pimenteros, cipreses y la elegante palmera evocadora del islam. Vallados de cañaverales ponían cenefa verde a las parcelas, protegiéndolas contra el viento. Me maravillé ante los abundantes borbotones y raudales de agua clarísima, fina, delgada y dulce, que manaba de los peñascos, casi en la misma arena. Los vecinos de la barriada se surtían de este precioso líquido, que tan cerca del agua salada entregada su gracia fresca y transparente.
Aquel cortijo que blanquea entre dos palmeras y la fuentecilla es el edificio más antiguo de la barriada. Fue refugio de contrabandistas. Lo he pintado recogiendo el paisaje de su situación, y resulta precioso. Esto me dijo el Doctor Monroy, una tarde que admirábamos el campo desde la terraza de su pequeño jardín.
La pequeña Aguadulce
Al antiguo caserío, diseminado y formando una sola calle, se le habían unido ya en 1897 otras casas, todas de una planta: y una ermita al pie de la “Meseta”, bajo la advocación de la Virgen del Carmen; habíase convertido en hermosa finca un erial, con el nombre de Casería del Rosario; el ingeniero del Puerto de Almería, don Francisco Javier Cervantes, se había construido un palacete de estilo inglés sobre los altos acantilados, con jardines colgantes, barandillas y escalinatas en descenso hacia la playa, poblada de árboles. Ya constituía la pequeña Aguadulce un lugar con Iglesia, Escuelas, tiendas, almacenes y carretera de grava, que se la disputaban los municipios de Roquetas y Enix. Hubo expedientes de anexión; y los vecinos, con voz y voto, eligieron la mejor administración municipal del término, porque la pequeña Barriada tenía su historia romántica, su romance y conocía el nombre de su Fundador. Yo encontré algunas noticias muy curiosas, y paso a transcribirlas para constancia de su origen y conocimiento de sus nuevos moradores.
Corría el año 1860. No cruzaba por este llano la carretera; no había casas. Solo un cortijo no muy grande, junto a la ramblilla, próximo al mar, que había construido el vecino de Roquetas, Ginés Perales, con vistas al “negocio” del contrabando, que en aquella época estaba todo en su auge. No se equivocó Ginés. A poco de construir el cortijillo empezó a acudir la osada gente del mar y tierra, en demanda de protección de alijos, contra las vigilancias de carabineros que se desplegaban por San Telmo y la Garrofa. La casa de Perales se convirtió en una especie de ventorrillo, donde se refugiaban arrieros y contrabandistas; se ocultaban trabucos y escondías los revólveres de muesca; guardaban las facas y dejaban las mantas morellanas. Disponía el ventero de gente pagada contra los chivatazos; disponía de caballerías; y sobre todo de un buen vino y jamones de la Alpujarra. Ginés Perales les atendía “el negocio”. Rosa, la de Adra y Carmen la de Félix – dos garridas hembras- le abastecían de productos alimenticios a cambio de género de contrabando. También hacían su “ganancia”. En la playa de Aguadulce había, casi todas las noches, un misterioso movimiento de sombras agazapadas en la arena o espiando tras las fantasmales rocas de los Bajos. Antes del amanecer, por las ramblas de arriba, internándose en las sierras, desaparecían los alijos, camino a Granada.
Dieciséis años después había en el llano cuarenta y dos casas más. Cuando en julio de 1876 ya se habían construido la carretera vieja, que iba por los altos cerros de la Sierra de Almería, la Beata Soledad Torres, Fundadora de las Sierras de María, viajaba en un carro de mulas con dirección a Berja para establecer allí una de sus Casas para Enfermos, le llamó la atención aquella aldeica blanca de la costa y escribió: “Polvo, sol, higueras, chumberas… Caminos de lumbre- Cabras y pastores. Contritas quietudes… Por fin, allá abajo, en abierta playa de arenas azules- se ven casas blancas. Aquel pueblecito se llama Aguadulce. ¡Calmemos cansancio- en su dulce lumbre!
Hacía 1895-96 fallecía en su Casa Venta el negociante roquetero Ginés Perales, Fundador de Agua – Dulce. Así consta en la lápida de su sepulcro en el cementerio blanco, cuadrado, lleno de sol, abierto y silencioso, sin más ruido que el del rumor de las olas, que, al fondo, en la playa, allí cerca, le dedican azules sufragios.
Ahora, Aguadulce joven poblado, con su breve historia romántica y conociendo el nombre y el romance de su Fundador, surgiendo del yermo como por encanto, floreciente, magnífica concentración residencial, regada por agua pura, convertida en la Ciudad satélite de Almería, y acariciada por la suave brisa, en la Costa del Sol nos entrega la Paloma de Venus, Delfines de Neptuno y la Diosa Ceres.
Aquel pequeño caserío llamado Aguadulce | La Voz de Almería
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